Límites
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Cuando alguien cuenta que estalló por una pavada, suele servir preguntar: ¿cuántas veces pasó esto antes sin que dijeras nada? La respuesta casi siempre deja un silencio.
Es que el estallido no habla del hecho puntual, sino de todo lo que quedó sin decir antes, y que en algún momento se volvió una cuenta demasiado larga. Desde afuera, eso no se ve: la otra persona solo percibe a alguien reaccionando de forma desproporcionada por algo mínimo.
Ahí suele aparecer una vergüenza puntual: la de sentirse una persona difícil de convivir. Pero esto no tiene que ver con el carácter de nadie, sino con haber esperado demasiado para decir algo. Lo que el primer día se podía comentar con tranquilidad, dicho cuarenta días después ya sale como reproche.
Romper este circuito no significa decir todo lo que se siente sin filtro, sino animarse a nombrar lo chico cuando todavía es chico, antes de que se acumule. Cuesta al principio, pero evita que lo pequeño termine convertido en una explosión por una taza.
¿Qué venís postergando decir?
— Bárbara Ballesteros, Lic. en Psicología (M.N. 71.448)
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