Límites

Límites: por qué cuesta tanto poner uno

Una forma rápida de notarlo: pensar en la última persona con la que apareció fastidio sin una razón puntual. Probablemente ahí hay algo que nunca se llegó a decir, y ese fastidio acumulado suele ser más nocivo para el vínculo que la incomodidad de decirlo a tiempo.

Por qué no fue fácil aprenderlo

Si creciste en un entorno donde las propias necesidades debían subordinarse a las de los demás, o donde poner límites tenía un costo vincular real, es lógico que de adulto eso cueste. No es un defecto de carácter, es algo aprendido, y por eso también se puede desaprender.

El resentimiento sostenido suele ser la señal de que falta nombrar algo. ¿Hay algún vínculo en el que te cuesta más?

— Bárbara Ballesteros, Lic. en Psicología (M.N. 71.448)

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