Límites
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Lo esencial
· Dejar de obedecer a la culpa no te vuelve insensible: cuando podés elegir, lo que das es genuino.
· Primero se le hace lugar a la culpa, y recién después se decide, con tres preguntas.
· Si hubo un daño real, la culpa tiene razón y corresponde reparar. El autocastigo no repara nada.
Lo primero que aparece cuando alguien empieza a trabajar la culpa es el miedo a convertirse en una persona insensible. Como si la única prueba de que te importan los demás fuera sentirte mal todo el tiempo. No funciona así, y de hecho suele pasar lo contrario.
Quien vive obedeciendo a la culpa termina con agotamiento, con resentimiento y dando cosas que en el fondo no quiere dar. Eso, más que generosidad, es una deuda que se paga con mala cara. En cambio, cuando hay lugar para elegir, lo que se da es genuino, y se nota.
Aunque te repitas que no hiciste nada malo, o te lo digan otros, la culpa no afloja. Una emoción no se apaga a fuerza de argumentos, y discutirle mientras te está gritando es una batalla difícil de ganar. Por eso primero se le hace lugar, y recién después se piensa.
Notala y nombrala: "ahí está la culpa". Ubicala en el cuerpo, en el pecho, la garganta o el estómago. Y dejala estar cinco minutos sin hacer nada de lo que te pide. Vas a ver que sube, se queda y después empieza a bajar sola.
Hacerle lugar no es resignarte a vivir así. Tampoco es quedarte rumiando y castigándote, ni taparla con distracciones, porque la culpa tapada vuelve a la noche y más fuerte. Es sentirla sin actuar todavía.
Con la sensación un poco más abajo, ya se puede pensar. Conviene hacerlo en papel, porque en la cabeza las preguntas dan vueltas y en el papel se responden:
· ¿Hubo un daño real? No un daño posible, ni la incomodidad de alguien que no consiguió lo que quería.
· ¿Fue mío? Que otra persona sufra no significa que vos lo hayas causado.
· ¿Es proporcional a lo que pasó?
Si alguna respuesta fue que no, la culpa está trayendo una historia que no se sostiene. La tarea es sostener la incomodidad sin obedecerla, sabiendo que va a estar un rato y después afloja. Las primeras veces se siente horrible, y eso no significa que lo estés haciendo mal.
Si las tres fueron que sí, la culpa tiene razón y hay que hacerle caso. Se repara: reconocer, preguntar qué haría falta, hacerlo, cambiar y cerrar. El autocastigo no repara nada ni le devuelve nada a nadie, aunque se disfrace muy bien de responsabilidad.
Hay mucha gente cargando con culpas que no le corresponden, en silencio, convencida de que es la única. No lo es. Si querés entender por qué a veces la culpa no se apaga aunque repares, en esta nota hablo de la diferencia entre culpa y vergüenza.
Si la culpa te está decidiendo demasiadas cosas y querés aprender a escucharla sin obedecerla, podemos trabajarlo en consulta. Escribime por WhatsApp.
— Bárbara Ballesteros, Lic. en Psicología (M.N. 71.448)
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