Límites

Decir las cosas bien no garantiza que te escuchen bien

Una promesa que no se cumple

Podés decir las cosas con toda la claridad del mundo, en el mejor momento, con el mejor tono, y que el otro se ponga a la defensiva igual. Pasa, y pasa seguido: cuando alguien está cómodo con cómo vienen las cosas, que se lo nombres casi nunca le va a caer bien. El problema aparece cuando esa promesa se vuelve la vara para medir si lo hiciste bien: alguien junta coraje, dice lo que necesitaba decir, el otro reacciona mal, y la conclusión que saca es que lo dijo mal. Entonces vuelve a callarse, ahora con la "prueba" de que hablar no sirve.

Qué se gana igual

No controlás cómo reacciona el otro, pero sí lo que decidís decir. Y decirlo, incluso cuando la respuesta no es la ideal, tiene ganancias que no dependen de esa respuesta: el tema deja de vivir adentro tuyo, conseguís información real sobre el vínculo aunque sea incómoda, y te ahorrás la versión de vos que termina estallando por algo chico después de haberse tragado demasiado.

¿Qué pasaría si probaras decir algo chico que venís callando?

— Bárbara Ballesteros, Lic. en Psicología (M.N. 71.448)

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