Límites
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Lo esencial
· Una forma clara de decir lo difícil tiene cuatro partes: el hecho, el efecto en vos, el pedido y la apertura.
· Decirlo bien no garantiza que el otro reaccione bien, y eso no significa que lo hayas hecho mal.
· No controlás cómo reacciona el otro, pero sí lo que decidís decir. Y decirlo tiene ganancias propias.
Hay una promesa que circula mucho y que puede hacer daño: que si aprendés a comunicarte bien, los demás van a responder bien. No funciona así. Podés decir las cosas con toda la claridad del mundo, en el mejor momento y con el mejor tono, y que el otro se ponga a la defensiva igual. Aun así, vale la pena tener una forma clara de decir lo difícil.
Preguntate qué querés conseguir con esa conversación. Si lo que buscás es que el otro se sienta mal, eso no es asertividad, y esta estructura no te va a servir. Si lo que querés es que algo cambie, estas cuatro partes pueden ayudarte.
Describí lo que pasó, sin adjetivos y sin interpretaciones. "Las últimas tres veces llegaste una hora tarde" es un hecho. "Nunca me respetás" es una acusación, y frente a una acusación el otro se defiende en lugar de escucharte.
"Me quedo esperando y me da bronca." Acá hablás de lo tuyo, que es lo único sobre lo que tenés autoridad total. Nadie puede discutirte lo que sentís, y por eso esta parte es la que menos resistencia genera.
Que sea concreto, chiquito y posible. "Te pido que si vas a llegar tarde, me avises." Un pedido así se puede cumplir. "Quiero que me valores más", en cambio, no, porque nadie sabe qué hacer con eso el martes a las ocho.
"¿Cómo lo ves vos?" Es la parte que más se saltea, y la que más cambia cómo termina la charla. Sin ella queda un comunicado, no una conversación. Y los comunicados suelen recibirse mal, aunque estén bien escritos.
Todo junto quedaría así: "Las últimas tres veces llegaste una hora tarde. Me quedo esperando y me da bronca. Te pido que me avises si se te complica. ¿Cómo lo ves vos?" Veinte segundos, y ninguna palabra de más.
Esto no garantiza que el otro reaccione bien. Puede enojarse igual, ponerse a la defensiva u ofenderse. Pasa seguido, sobre todo cuando alguien está cómodo con cómo vienen las cosas. La asertividad no controla al otro. Lo que cambia es que ahora está dicho.
El problema aparece cuando esa promesa se vuelve la vara para medir si lo hiciste bien. Alguien junta coraje, dice lo que necesitaba, el otro reacciona mal y la conclusión que saca es que lo dijo mal. Entonces vuelve a callarse, ahora con la "prueba" de que hablar no sirve.
No controlás cómo reacciona el otro, pero sí lo que decidís decir. Y decirlo, aunque la respuesta no sea la ideal, tiene ganancias que no dependen de esa respuesta: el tema deja de vivir adentro tuyo, conseguís información real sobre el vínculo, aunque sea incómoda, y te ahorrás esa versión tuya que termina estallando por algo chico después de haberse tragado demasiado.
Si querés probarlo, no arranques por la conversación más difícil de tu vida. Elegí una molestia menor y usá las cuatro partes.
Si te cuesta decir lo que necesitás y querés practicarlo con acompañamiento, podemos trabajarlo en consulta. Escribime por WhatsApp.
— Bárbara Ballesteros, Lic. en Psicología (M.N. 71.448)
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