Procrastinación
Procrastinación
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Lo esencial
· Procrastinar casi nunca es pereza: suele ser una forma de regular emociones difíciles frente a una tarea.
· Postergar trae alivio inmediato, pero después llegan la culpa y la presión, y la tarea se vuelve más pesada.
· Lo que ayuda no es forzarte, sino cambiar la relación con la incomodidad.
Postergar algo que sabés que tenés que hacer, aun cuando eso mismo te está generando malestar, suele vivirse con mucha culpa. Es común explicarlo con la pereza o con la falta de fuerza de voluntad. Sin embargo, casi nunca se trata de eso.
Cuando una tarea despierta emociones incómodas, como ansiedad, inseguridad, miedo a no hacerlo bien, aburrimiento o agotamiento, el cerebro busca alivio. Y la forma más rápida de conseguirlo es evitar. La procrastinación es, en el fondo, una dificultad de regulación emocional: postergar funciona, aunque sea por un rato.
El problema es que ese alivio es de corto plazo. Después aparecen la culpa, la autocrítica y la presión acumulada, y esa presión hace que la tarea se sienta todavía más difícil que al principio.
Así se arma un circuito que se repite: tarea, incomodidad, evitación, alivio inmediato, culpa, más incomodidad y más evitación. No es falta de fuerza de voluntad: es un circuito que aprendiste a activar.
Cada vez que postergás, el cerebro registra que evitar funciona, y cuanto más se repite, más automático se vuelve. Por eso el problema no es buscar alivio, sino de dónde lo buscás: evitar da un alivio rápido, empezar da un alivio real, aunque más lento y más costoso al principio.
La buena noticia es que, como cualquier hábito, también se puede desaprender.
Muchas veces se intenta resolver la procrastinación con agendas, listas o aplicaciones. Pueden ayudar, pero no apuntan al centro del asunto. El problema no es el tiempo, sino cómo manejamos las emociones que despierta la tarea.
La procrastinación y el perfeccionismo suelen ir juntos. Cuando el estándar es muy alto, empezar una tarea implica exponerse a no cumplirlo, y postergar se vuelve una forma de protegerse. Por eso, en terapia, muchas veces se trabajan juntos. Si te reconocés en esto, podés leer más sobre perfeccionismo y autoexigencia.
Lo que ayuda no es forzarte, sino cambiar la relación con la incomodidad. Algunas estrategias para empezar, aunque no tengas ganas:
Dar pasos muy pequeños. Dividir la tarea en partes tan chicas que empezar no resulte tan amenazante.
Trabajar cinco minutos y recién ahí decidir. Comprometerte solo con cinco minutos y, después, elegir si querés seguir.
Recordar para qué es importante esa tarea. Tener presente qué valorás de eso que estás postergando ayuda a actuar aunque la incomodidad siga ahí.
La próxima vez que postergues algo, probá preguntarte: ¿qué emoción estoy evitando? Esa pregunta sola ya cambia algo, porque te muestra qué es lo que realmente hay que atender.
Si la procrastinación te está costando y querés entender qué hay detrás en tu caso, podemos trabajarlo en consulta. Escribime por WhatsApp.
— Bárbara Ballesteros, Lic. en Psicología (M.N. 71.448)
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